No suelo escribir acerca de lo que pasó, ni de lo mucho que me hacés falta. A veces prefiero ocupar mi cabeza con angustias menores para evitar lo que realmente duele. Pero la realidad es esta, no hay vuelta que darle. La vida no me presentaba grandes obstáculos y de pronto, me arrebató la posibilidad de llamarte mamá, como lo hacía todos los días. Tras cuatro meses de sufrimiento compartido, te dejaste ir. Y a pesar de que ya pasaron casi siete meses, todavía tengo esa dolorosa imagen rondando en mi cabeza, y aparece de vez en cuando al cerrar los ojos. En otras ocasiones puedo recordarte de la mejor forma posible: Sonriendo, fumando un pucho y escuchando mis anécdotas. Lamentablemente, no siempre. El fantasma de la peor noticia de mi vida viene a molestarme a menudo.
A pesar de todo, sé que me cuidás. También, sospecho que estarás enojada, pensando "Otro tatuaje más..." Y me río de sólo imaginar tu cara. No sé cómo será ver todo desde otro plano, qué se sentirá estar dónde quiera que estés, pero espero sepas algo: Te recuerdo todos los días. Y no estés triste, aprendí a vivir con el dolor. Cuando los momentos compartidos son excesivos y de tanta alegría, logran aliviar una pérdida tan grande. Porque nada, nada fue en vano. Y te fuiste, claro, pero no del todo. Ninguna distancia va a lograr deshacer el lazo que formamos con los años. Estaremos unidas para siempre, vos allá, con una parte mía, y yo acá, de pie y abrazada al recuerdo de la mejor mamá que pude tener.
Tenés la capacidad de enseñarme cosas aún cuando no puedo verte. Yo, la que siempre decido reemplazar una cosa con otra, entendí por fin que hay cosas que jamás podrán ser sustituídas. Simplemente aprendemos a vivir con el espacio vacío que, algún día, cuando nos encontremos en tiempo indefinido, volverá a brillar. Yo sé que tu abrazo va a completarme otra vez.
lunes, 28 de julio de 2014
jueves, 24 de julio de 2014
Tu recuerdo en mi cabeza
Creí estar avanzando, pero no. Ni avanzo, ni me estanco en el mismo lugar. Estoy atravesando una especie de retroceso y regreso a aquel momento en el que todo era una confusión. Para mi sorpresa, descubro que mis esperanzas son infinitas y no se cansan de esperar, mientras fumo y miro el reloj. Una parte de mí no te suelta, no porque no pueda, más bien por puro capricho. Y es que fue todo tan perfecto mientras duró, que me niego a no tenerlo más. Es un capricho de cielos azules y miradas cómplices. De bocas que encajaban a la perfección. Cómo no extrañar aquellos amaneceres en que el sol nos sorprendía abrazados, con los ojos achinados de tanto sonreír. Es imposible no querer volver a los días felices, cuando manejabas con tu mano en mi rodilla y yo, sin dejar de mirarte, moría de amor.
Hace varios meses atrás, todo se esfumó. Sin embargo, todavía conservo los recuerdos, algunas fotos y la excusa del adiós.
Mientras tanto, supongo que disfrutás provocarme. Buscarme, clavar la mirada, decirme dos palabras que quedan flotando en mi cabeza durante horas.
Espero nunca vuelvas, y si por fin lo hacés, que sea para siempre.
Hace varios meses atrás, todo se esfumó. Sin embargo, todavía conservo los recuerdos, algunas fotos y la excusa del adiós.
Mientras tanto, supongo que disfrutás provocarme. Buscarme, clavar la mirada, decirme dos palabras que quedan flotando en mi cabeza durante horas.
Espero nunca vuelvas, y si por fin lo hacés, que sea para siempre.
martes, 15 de julio de 2014
Vivir
Hoy tengo mucho pasado, con errores incalculables y también unos cuantos aciertos. Tristezas que recuerdo con melancolía y batallas ganadas. Besos que erizaron la piel y abrazos que todavía espero. Un pasado lleno de miradas cruzadas y amores de bondi sin final feliz. Sonrisas que le regalé al viento y suspiros capturados en los puños de algún desconocido. Velas de cumpleaños que perdieron su purpurina. Libros releídos y otros sin concluir. Fotos visibles en cada rincón de la casa, y las más lindas guardadas en la memoria. Un pasado con noches largas y días cortos. Dormí abrazando a la almohada y aferrada a lo imposible. Algún imposible. Tuve frío en febrero y fuegos que duraron un invierno. Personas que se fueron sin que las eche, y otras que persisten a pesar de mis enojos. Tuve dudas y certezas. Días de sonrisas frente al espejo y noches secándome las lágrimas frente a él. Tuve todo.
Hoy tengo un presente medio nublado. No entiendo bien a dónde ir, todos los caminos están minados de preguntas. Dudas filosas. Soy perseguida por una especie de karma, el mismo que no quiere dejarme progresar. Y peleo, peleo con uñas y dientes. La vida no es un circulo, y si así lo fuera, me las rebuscaría para no volver al mismo lugar. Avanzaría.
Y mi futuro, bueno, no lo sé. Nadie lo sabe. Pero me gusta imaginar futuros alternativos, como quién mira una película e inventa otro final porque el original no le convenció.
Imagino un futuro que, quién sabe, puede ser real mañana. Y ahí estoy, sonriendo de nuevo, temblando por la incertidumbre, pero aferrada a un nuevo comienzo. Me veo con ojos brillosos y repleta de ilusión. También diciéndome a mí misma "No lo arruines esta vez". Y quizás lo haga. Todo es posible. Pero sé que voy a disfrutar cada momento mientras dure, como siempre lo hice. Porque nadie puede arrepentirse de lo vivido si lo hizo con intensidad. Y eso, eso si que no me falta.
Hoy tengo un presente medio nublado. No entiendo bien a dónde ir, todos los caminos están minados de preguntas. Dudas filosas. Soy perseguida por una especie de karma, el mismo que no quiere dejarme progresar. Y peleo, peleo con uñas y dientes. La vida no es un circulo, y si así lo fuera, me las rebuscaría para no volver al mismo lugar. Avanzaría.
Y mi futuro, bueno, no lo sé. Nadie lo sabe. Pero me gusta imaginar futuros alternativos, como quién mira una película e inventa otro final porque el original no le convenció.
Imagino un futuro que, quién sabe, puede ser real mañana. Y ahí estoy, sonriendo de nuevo, temblando por la incertidumbre, pero aferrada a un nuevo comienzo. Me veo con ojos brillosos y repleta de ilusión. También diciéndome a mí misma "No lo arruines esta vez". Y quizás lo haga. Todo es posible. Pero sé que voy a disfrutar cada momento mientras dure, como siempre lo hice. Porque nadie puede arrepentirse de lo vivido si lo hizo con intensidad. Y eso, eso si que no me falta.
domingo, 6 de julio de 2014
Otro domingo delirante.
Hay un día especial, un particular momento de la semana en que todo se detiene, todo parece ir en cámara lenta. Ese día, el que nadie espera y desean que no existiese: Domingo.
A veces me siento así, como un domingo delirante. Miro por la ventana y todo se halla casi estático. Sólo autos y algún que otro valiente, dándole pelea al frío, o tal vez haciendo las paces, llevándose bien con lo inevitable.
Yo permanezco sentada frente a una ventana que no pretendo abrir, y lo suficientemente cerca del calor que brinda la estufa. Sin embargo, el exterior me resulta más entretenido. Los árboles bailan al compás del viento, lento, danzan las hojas y se dejan caer, exhaustas de pelear por mantenerse firmes. Los pájaros huyen con un destino incierto, siempre juntos, persiguiéndose. Las nubes cambian de forma en cada parpadeo, se transforman, como la vida misma. Algunas gotas de lluvia insisten en caer, y el suelo permanece húmedo. El cielo ofrece su mejor escenografía, los colores se camuflan entre sí. Celeste, gris, rosa, naranja, todos ellos comparten un mismo espacio. Y el protagonista está en el ojo de quien observa.
Y es momento de cuestionar, ¿Por qué odiamos los domingos? ¿El invierno? Quizás haya mil respuestas distintas. Yo, en lo particular, prefiero hacer una tregua. Después de todo, tantas veces me sentí así. Incomprendida, indeseada, despreciada por muchos y admirada sólo por quien se atreve a ver más allá.
Hoy soy domingo e invierno, y eso no es tan malo cuando aprendemos a abrir los ojos.
A veces me siento así, como un domingo delirante. Miro por la ventana y todo se halla casi estático. Sólo autos y algún que otro valiente, dándole pelea al frío, o tal vez haciendo las paces, llevándose bien con lo inevitable.
Yo permanezco sentada frente a una ventana que no pretendo abrir, y lo suficientemente cerca del calor que brinda la estufa. Sin embargo, el exterior me resulta más entretenido. Los árboles bailan al compás del viento, lento, danzan las hojas y se dejan caer, exhaustas de pelear por mantenerse firmes. Los pájaros huyen con un destino incierto, siempre juntos, persiguiéndose. Las nubes cambian de forma en cada parpadeo, se transforman, como la vida misma. Algunas gotas de lluvia insisten en caer, y el suelo permanece húmedo. El cielo ofrece su mejor escenografía, los colores se camuflan entre sí. Celeste, gris, rosa, naranja, todos ellos comparten un mismo espacio. Y el protagonista está en el ojo de quien observa.
Y es momento de cuestionar, ¿Por qué odiamos los domingos? ¿El invierno? Quizás haya mil respuestas distintas. Yo, en lo particular, prefiero hacer una tregua. Después de todo, tantas veces me sentí así. Incomprendida, indeseada, despreciada por muchos y admirada sólo por quien se atreve a ver más allá.
Hoy soy domingo e invierno, y eso no es tan malo cuando aprendemos a abrir los ojos.
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