domingo, 6 de julio de 2014

Otro domingo delirante.

Hay un día especial, un particular momento de la semana en que todo se detiene, todo parece ir en cámara lenta. Ese día, el que nadie espera y desean que no existiese: Domingo. 
A veces me siento así, como un domingo delirante. Miro por la ventana y todo se halla casi estático. Sólo autos y algún que otro valiente, dándole pelea al frío, o tal vez haciendo las paces, llevándose bien con lo inevitable. 
Yo permanezco sentada frente a una ventana que no pretendo abrir, y lo suficientemente cerca del calor que brinda la estufa. Sin embargo, el exterior me resulta más entretenido. Los árboles bailan al compás del viento, lento, danzan las hojas y se dejan caer, exhaustas de pelear por mantenerse firmes. Los pájaros huyen con un destino incierto, siempre juntos, persiguiéndose. Las nubes cambian de forma en cada parpadeo, se transforman, como la vida misma. Algunas gotas de lluvia insisten en caer, y el suelo permanece húmedo. El cielo ofrece su mejor escenografía, los colores se camuflan entre sí. Celeste, gris, rosa, naranja, todos ellos comparten un mismo espacio. Y el protagonista está en el ojo de quien observa. 
Y es momento de cuestionar, ¿Por qué odiamos los domingos? ¿El invierno? Quizás haya mil respuestas distintas. Yo, en lo particular, prefiero hacer una tregua. Después de todo, tantas veces me sentí así. Incomprendida, indeseada, despreciada por muchos y admirada sólo por quien se atreve a ver más allá. 
Hoy soy domingo e invierno, y eso no es tan malo cuando aprendemos a abrir los ojos. 

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