jueves, 12 de junio de 2014

Choque accidental

¿Cuántas son las veces que deseamos chocarnos con alguien? Encontrarnos de repente y rozar nuestros cuerpos de una manera bruta, que se caigan libros y todo lo que podemos estar sosteniendo. Aquellos choques accidentales, deberíamos aprender, sólo ocurren en las películas. Al menos el desenlace feliz, en el que el chico levanta las cosas del suelo y expone una sonrisa en forma de disculpas, lo que conlleva a una gran historia de amor.
Bueno, digamos que yo viví la historia de amor (Si podemos llamarlo de esa forma) y después vino el choque. 
Iba distraída, enojada porque el día me obligaba a sostener un paraguas a lunares de un color chillón, y el chico de la librería había tardado demasiado en darme el vuelto. Corría mientras el viento cumplía su misión de cambiar de dirección la lluvia y empapar mis jeans. Con mi única mano libre miraba el celular, quizás si hubiera prestado atención a mi alrededor, las circunstancias hubieran sido diferentes.
Salías corriendo del trabajo, apurado, intentando no mojarte demasiado. Supongo que también estabas distraído porque no lograste evitar lo sucedido segundos después.
Y ahí estábamos, frente a frente, mojados y tocándonos como quien provoca una casualidad. Te saludé, simpática. Nos dimos un beso, de esos en los que los labios no cumplen función alguna, un roce de mejillas que tiempo atrás fue algo más. Acariciaste mi espalda por un segundo que duró una eternidad. Y seguimos nuestro camino sin mirar atrás. No hubo papeles tirados en las húmedas calles, ni sonrisas cómplices. Nada existió, y de todos modos siempre lo supe. Fuiste el personaje idealizado que elegí para una obra que ya terminó.

 

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