lunes, 28 de julio de 2014

No suelo escribir acerca de lo que pasó, ni de lo mucho que me hacés falta. A veces prefiero ocupar mi cabeza con angustias menores para evitar lo que realmente duele. Pero la realidad es esta, no hay vuelta que darle. La vida no me presentaba grandes obstáculos y de pronto, me arrebató la posibilidad de llamarte mamá, como lo hacía todos los días. Tras cuatro meses de sufrimiento compartido, te dejaste ir. Y a pesar de que ya pasaron casi siete meses, todavía tengo esa dolorosa imagen rondando en mi cabeza, y aparece de vez en cuando al cerrar los ojos. En otras ocasiones puedo recordarte de la mejor forma posible: Sonriendo, fumando un pucho y escuchando mis anécdotas. Lamentablemente, no siempre. El fantasma de la peor noticia de mi vida viene a molestarme a menudo. 
A pesar de todo, sé que me cuidás. También, sospecho que estarás enojada, pensando "Otro tatuaje más..." Y me río de sólo imaginar tu cara. No sé cómo será ver todo desde otro plano, qué se sentirá estar dónde quiera que estés, pero espero sepas algo: Te recuerdo todos los días. Y no estés triste, aprendí a vivir con el dolor. Cuando los momentos compartidos son excesivos y de tanta alegría, logran aliviar una pérdida tan grande. Porque nada, nada fue en vano. Y te fuiste, claro, pero no del todo. Ninguna distancia va a lograr deshacer el lazo que formamos con los años. Estaremos unidas para siempre, vos allá, con una parte mía, y yo acá, de pie y abrazada al recuerdo de la mejor mamá que pude tener. 
Tenés la capacidad de enseñarme cosas aún cuando no puedo verte. Yo, la que siempre decido reemplazar una cosa con otra, entendí por fin que hay cosas que jamás podrán ser sustituídas. Simplemente aprendemos a vivir con el espacio vacío que, algún día, cuando nos encontremos en tiempo indefinido, volverá a brillar. Yo sé que tu abrazo va a completarme otra vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario