Siempre me gustó observar, y no me refiero a mirar, sino a ver. Ver más allá de las cosas que se hayan estáticas y la gente apresurada yendo a quién sabe dónde. Disfruto imaginar historias porque siempre es más divertido que la realidad, o quizás porque de tal forma, uno es quien decide que rumbo tomará aquel film que reproducimos interiormente. Pero de la imaginación no se vive, y la realidad nos absorbe nuevamente en forma de tropiezo.
Ver más allá puede ayudarnos a superar situaciones o tener efectos adversos.
Veo pasar infinitas camionetas conducidas por personas extrañas, mayormente hombres mayores. Sin embargo nos encuentro en cada Fiorino, en las que van a gran velocidad y en aquellas que se detienen en semáforos rojos. Lo que antes era una simple camioneta hoy es motivo suficiente para navegar entre recuerdos. Si los vidrios están polarizados es un condimento extra para volar aún más lejos. Ayer, sábado por la noche, una estacionó al lado mío. Nos ví sin necesidad de cerrar los ojos, estábamos yendo a San Telmo, yo sonreía mientras tu mano apretaba mi rodilla. Sacudí un poco mi cabeza y el recuerdo se esfumó. Basta pendeja, no maquines más. Minutos después, tal vez una hora, ya estaba rodeada de amigos en un lugar increíblemente grande y con música envolvente. Me dejé llevar, bailé y canté canciones que tenían la misma profundidad que un shot de tequila: Nula. No pasó mucho tiempo hasta que mi atención se enfocó en una pareja que sonreía entre besos, muy cerca mío. Quizás no eran novios, podrían haberse conocido ahí mismo, pero volviendo a mi obsesión por crear historias ficticias, creí lo contrario. Y nos ví, otra vez. Giré intentando descubrir algo interesante pero sólo veía parejitas felices. Espejismos nuestros por doquier. Tuve suerte en poder disimular diversión mientras por dentro me caía a pedazos. Nadie lo notó, o casi nadie.
Fui comprendiendo que dejar de verte no es la solución, y que tu ausencia no colabora en mi deseo desesperado de olvidar.
Todo aquello que me era indiferente, hoy lo tomo como un gran motivo para decaer. Calculo que no puedo culparte, la debilidad es pura y exclusivamente mía, incluso antes de conocerte. Así también como mi dependencia, mi apego por las cosas y las personas.
Por lo que sí puedo culparte es por hacerme conocer un mundo que hasta ayer me parecía absurdo. De aquí en más calmo mi ansiedad con tus manías y no sé hasta que punto puedo llegar. No es sencillo equivocarse para una persona sin frenos.
Caigo en la cuenta que me senté a escribir sobre mi manera de ver las cosas y al final, todo termina en vos. Las ideas abstractas desaparecen y ahí estás vos para suplirlas.
Por momentos me parecés la persona más desagradable del mundo y mi superación escribe por mí relatos de un amor propio inexistente. Después recuerdo que te quiero y ya no existe ese rencor.
Todo me lleva hacia una sola cosa: Definitivamente, me estoy volviendo loca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario