La paradoja de terminar exactamente igual a como empezamos.
Yo te miraba para ver si me mirabas y vos lo hacías mientras me hacía la distraída, a corta distancia.
Ahora nos separa algo más que un par de metros y observo desde el colectivo como enfocás tu atención en quién sabe qué, aunque disfruto de imaginar que estás buscándome.
Llego a casa con la misma sonrisa que había archivado junto a la ropa de invierno, los días fríos regresaron y con ellos esa curiosidad por saber en qué pensás, qué buscás, qué querés.
Sólo por hoy, sentí que nunca atravesamos la línea, que seguimos siendo dos desconocidos con ganas de descubrirse. Por un instante olvidé tu nombre y todo lo demás.
Y aunque no sea así, elijo guardar los recuerdos bajo llave y conservar la ilusión. Esa ilusión de que me pensás, me buscás, me querés.
Algún día -quizás- deje de doler.
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