martes, 25 de marzo de 2014

Catarsis

Catarsis impensadas, improvisadas, inoportunas. Catarsis que contienen sus ganas de estallar frente a la gente sentada alrededor de una mesa redonda. El ambiente es pequeño, sin embargo cada cual está disperso en su mundo, en sus intereses. Me reflejo en una botella, mi imagen se distorsiona un poco, quizás no sea sólo la imagen, puede que sea yo la que está de aquella forma. Los sentimientos fluyen por dentro y golpean contra mis huesos, se chocan, rasguñan con desesperación cada capa de piel. No, no es momento de ser, es hora de estar. Permanezco callada, mal síntoma. Parte del grupo decide que es hora de irse, nos reducimos a tres personas. La energía se renueva y de pronto me siento en confianza. Llanto, sí, lo sabía. Exploto en un llanto ahogado y de palabras roncas. En pocos segundos me encontré con dos manos acariciando mis hombros, una de cada lado. Alivio. Ser escuchada es reconfortante, ajeno a las palabras de aliento y consejos que probablemente, nunca siga. Hablar sin dejar espacios en blanco, sin dar lugar a suspiros, expulsar tristezas y purificarse, aunque sólo sea momentáneamente.
Minutos después salto de la cuerda floja y estoy en tierra firme otra vez.
Y es que creo que no hay nada más liberador que hacer catarsis, en cualquiera de sus formas. Llorando, bailando frenéticamente, gritando enojada o por satisfacción. Mis tatuajes, incluso, son catarsis.
Libertad, eso quiero, libertad.

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