Estás cansada de todo y no entendés. Te replanteás una y mil veces si sos vos la del problema, o el resto no está preparado para algo tan sencillo como la honestidad. Dudás, analizás cada escalón que subís, no vaya a ser que al llegar, alguien decida empujarte, dejándote nuevamente en el punto de partida, o peor aún, desarmada.
Y de pronto un día cualquiera, te encontrás con una persona que valora cada detalle. Que ríe con tu risa y calma tus ansiedades. Confirma tus virtudes y perfecciona tus defectos, volviéndolos invisibles. Que no toma distancia ante tus dudas y se acerca un poco más, con la mirada profunda, diciendo que todo va a estar bien. Alguien que recuerda el momento exacto en el que se fijó en vos.
Un día entre y te vi, los cordones se anudaron como mis cuerdas vocales, dejándome imposibilitada para emitir una palabra concreta. Tropecé y me fui sonriendo, venerando mi estupidez.
Quién diría que en ese preciso instante, vos ibas a mirarme diferente. Para quedarte, sonriendo, admirando mi naturalidad.
Y al fin de cuentas, no siempre es malo tropezar.
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