Ella estaba escondida, esperando brotar como flores de una nueva primavera. Dormía, parecía no inmutarse ante la belleza que la rodeaba, vivía con los ojos cerrados. Pero un día, los entreabrió en un descuidado parpadeo de largas pestañas. Un parpadeo que duró más de lo habitual, y decidió que era hora de despertar, hora de vivir. Ella, la que siempre dormía y nunca soñaba, la que prefería no reír por miedo a llorar después, tomó coraje y saltó hacia el otro lado. Tuvo miedo, claro, pero no dejó que aquello la intimide. Por lo contrario, le ofreció una sonrisa a modo de tregua. Y así fue como ella, entendió que no había mayor obstáculo que sus propias inseguridades, las que no la dejaban avanzar, las que gritaban que jamás iba a lograr ser feliz. Combatirlas no fue sencillo, estaban en cada rincón de la casa. Invisibles pero de gran calibre, aparecían por doquier. Pero no fueron más astutas que esta pequeña gigante. Por fin las atrapó, y descubrió que entre sus manos, ya no pesaban, no eran fuertes, sólo aparentaban. Porque es así, todo está en nuestras manos, nadie es más fuerte que nosostros mismos.
Libre al fin, comenzó una nueva vida, reciclando el pasado y sin temor al futuro, vivió el presente. Y sé que así es mucho más feliz, la conozco bien.
Ella se levanta a la mañana, con la misma cara de dormida, pero envuelta en optimismo. Se viste y le regala una sonrisa al sol. Ya no duerme tanto, entendió que es más lindo soñar despierta. Ríe a carcajadas y le hace muecas al espejo. Se reencontró con aquella niña perdida.
Ella pinta con pinceles, con sus manos, y sus ojos tiñen la ciudad de mil colores.
Ella puede hacer todo lo que quiera, porque quien quiere, puede.
Ella soy yo, porque un mimo nunca viene mal. A preocuparse menos, y quererse más.
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