La ficha cayó tarde, después de los suspiros melancólicos y las lindas palabras.
Ayer sentía una profunda necesidad de recibir un llamado tuyo, como solías hacerlo hace tiempo atrás. Un llamado inesperado que me llene de felicidad. Tal vez hacerlo yo, después de discutir largo y tendido con mi dignidad.
Sin embargo, hoy desperté entendiendo todo. Que las disculpas dadas tendrían que haber sido de vos, hacia mí.
¿Por qué?
Por prometer lo imposible. Por certificar un cariño inexistente. Por mentir sobre la importancia que tenía en tu vida. Por crear ilusiones sólo por deporte. Por no afrontar las consecuencias de tus actos. Por lograr que duelan las canciones que antes disfrutaba.
Y sobre todo, por rescatarme de la cuerda floja, llevarme a caminar por tierra firme, y terminar mareándome aún más, ofreciéndome como estadía una calesita que sólo frena bajo tu mandato.
Y no, no es así. No permito que sea así. Me arriesgo a contraer un par de golpes y elijo bajarme en movimiento, sin pedir permiso, ni más disculpas. Me bajo y afronto el dolor de aquellas fracturas intangibles. Dolerán hoy, un poco menos mañana, se acentuarán en días de lluvia y nubes grises, para dejar de doler en un futuro incalculable.
Todo pasa, vos también.
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