Escribo. Borro. Vuelvo a escribir. No, mejor no.
Pero finalmente me decido, hay que seguir. Así suele ser mi mente las 24hs del día, un ring de boxeo donde se disputan mis miedos y convicciones.
Si me detengo a pensar, a analizar cada paso que doy, es probable que todo termine por irse a la mierda, ese lugarcito que reserve para ex y derivados.
Hoy elijo no pensar en exceso, o al menos intentarlo, dejar que fluya. La mente es rebuscada, y si le das espacio, siempre va a encontrar la forma de destruirte con paranoias, hasta que descubras que sólo es eso, una paranoia, un miedo causado por quién sabe qué, o mejor dicho, vos si sabes qué/quién. Claro chiquita, lo sabés a la perfección. Errores, heridas que no terminan de cicatrizar.
No seas boluda, pienso. Mirá para adelante, date una oportunidad. Si las cosas no funcionan, estoy segura que será una anécdota entretenida en un futuro. O puedo sorprenderme, teniendo en mis manos las cartas de ganar.
El inicio de algo, desde lo mínimo al anhelo más profundo, está lleno de incertidumbre. Y eso genera terror. En ese preciso instante todos deseamos convertirnos en mosquito, o entrar en la cabeza del otro, sólo para escuchar o ver algo que nos de seguridad, la seguridad que carecemos.
La imposibilidad de saber todo es tan frustrante como mágica. Nos permite conocer nuestros propios deseos e ir descubriendo más, día a día. No caer en lo rutinario.
La intriga, ese bichito que por molesto y desconcertante queremos pisar, es quien nos hace sonreír ante lo inesperado.
Reír, eso quiero. A carcajadas, hasta el dolor de panza y los ojos achinados. Hoy, y siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario