jueves, 6 de junio de 2013

Por la vida me encontré con una mujer de múltiples heridas, heridas que no llegaban a verse, pero aún así podían percibirse si se miraba más allá de su corta falda y acentuado escote. Me pidió fuego, preguntó la hora y dio las gracias. Ese pudo haber sido el fin, pero no. Algo en ella me generó intriga, llegué a sentir una extraña melancolía cuando sus ojos café se cruzaron con los míos, y no, no pude dejarla ir. 
Emprendimos un viaje sin destino, caminando sin rumbo por las oscuras calles. Escupí palabras sin sentido, entrecortadas, nunca había sido bueno en eso de empezar diálogo. Ella lo notó, sonrió, y siguió caminando rápidamente, tan segura de sí misma. Sin embargo, ahí estaba yo, perseverante, convirtiéndome en la sombra de ésta hermosa mujer. En un instante se detuvo. Sus ojos se empaparon. Las lágrimas brotaban y caían por sus mejillas, y ya no había quien pudiera detenerlas. De pronto, me encontré envuelto en un abrazo desconsolado, de esos que se extrañan, aún sin haberlos conocido. Y comenzó a contar su historia. Estaba sola y había perdido las esperanzas. A menudo se encontraba en la cama de algún extraño, apaciguando su dolor con abrazos helados. Sólo en ese entonces se sentía mejor. Supe que la gente rumoreaba que su casa era un hotel, también supe que no quería ser parte de la gente. No sé si fue su transparencia, sencillez o mis ganas de calmar su dolor, pero sentía un profundo deseo por acompañarla en un nuevo viaje, enseñarle que no todo es gris. Y en mi delirio, ella irrumpió tomando mi mano, miró mi reloj y partió, tan veloz, que imposible fue seguir sus pasos. Se desvaneció junto con mis esperanzas. Me quedé solo. Sólo yo y un otoño que brindaba hojas secas y un frío desgarrador como escenografía. 
El tiempo pasó y la encontré más de una vez. Me pidió fuego, preguntó la hora, y ya no dio las gracias. Sólo sonreía. 
No hay un felices por siempre, de hecho no hay un final. Sólo sé que a partir de aquella madrugada, mi vida ya no es igual.

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