viernes, 6 de junio de 2014

Cumpleaños y sorpresas.

Siempre fingí que no me gusta cumplir años, no sé por qué razón, quizás en el fondo sí lo odio. Cumplir años significa muchas cosas, sorpresas de distintos calibres y esperar... esperar un saludo en particular que tal vez nunca llegue, o sí.
No eran ni las doce y yo ya estaba esperando el cambio de día con cuchillo y tenedor. Ansiosa y expectante. Y el tiempo no se hizo desear demasiado, llegó el día en el que puedo sentirme única y sonreír por la calle con la expresión que la ocasión merita. El celular empieza a sonar de una forma divertida en un principio, irritante cuando pasan las horas y ese mensaje no llega. ¿Por qué no me escribe? ¿Se olvido? Y sí, como no va a olvidar tu cumpleaños si apenas compartieron unos días juntos. Pero no, no pudo haberse olvidado. O sí, seguro lo hizo. 
Mil preguntas rondaron por mi cabeza con el correr de las horas, y todas aquellas tenían una respuesta negativa brindada por mi subconsciente. 
Intentando que la ausencia de su saludo no arruinara el momento, decidí enfocarme en otra cosa. Fui a trabajar y me encontré rodeada de amigos, abrazos reconfortantes y un par de regalos. Soplé las velitas y pedí tres deseos que no recuerdo cuales fueron, creo que en realidad no sabía que pedir y elegí al azar. 
Dejé volar mi imaginación un momento y me vi sorprendida por una carta, un chocolate y hasta un pasacalles con mi nombre, grande y colorido, y el suyo como remitente, claro. Imaginé hasta las flores que no me gustaría recibir nunca. Pero nada de eso sucedió, él seguía en su mundo, ignorando todo aquello que me involucre, como siempre.
Me tomé el atrevimiento de ir hacia donde sabía que iba a encontrarlo, y nada. Su rutina no parecía inmutarse con mi presencia. Volví resignada, ni triste ni con decepción, sólo resignada a que las cosas eran de esa forma y nada iba a cambiar.
Los minutos siguieron avanzando y cuando menos lo esperaba, llegó. Una cancioncita de cumpleaños y mi nombre abreviado de una forma cariñosa. Era él. Abrí los ojos y creo que mi boca se curvó en una pequeña sonrisa reflejando satisfacción. Y después de que lo inesperado por fin ocurriera, entendí que no me importaba su saludo, sino que lo único que quería era que algo tildado de imposible, por fin pasara. Y pasó. Y ya no sentí esas cosquillas en la panza surgidas desde la incertidumbre. 
Tal vez la vida es así, esperar lo imposible hasta que un día, sucede.  

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