Salí a buscarte con la esperanza a flor de piel, me esperabas en la esquina como cuando me querías, o creía que me querías, o vos también lo creías, ya no sé. Tu abrazo me tomó por sorpresa y sonreí. Mi lengua se desató en un instante, y sólo sé que dije "Perdón" y unas cuantas incoherencias que consideré innecesarias hasta que escuché las tuyas. De pronto me encontré apoyada en la pared, cruzando las piernas y escuchando una historia en la cual no cumplía rol alguno. Sin importar, solté un par de consejos que en nada me favorecían. Te impulsé a buscar tu felicidad, una felicidad con nombre y apellido. Un par de lágrimas fracasaron en su intento de caer, y fingí cansancio para tener oportunidad de frotar mis ojos.
-Estás bien?
-Sí, bolú
-No me mientas, eh
Me abrazaste y allí fue cuando comprendí lo poco que me conocías. Estaba rígida como una piedra y por dentro me desarmaba mientras tus brazos rodeaban mi cintura. Pero elegiste evadirlo, elegiste creer la única mentira que dije desde que todo comenzó.
Seguís hablando, yo entrecierro los ojos y ya no estoy ahí, estamos acostados, abrazados.
Decís que sentís cosas por mí, lo repetís dos o tres veces porque mis oídos no alcanzaron tu susurro, o quizás quería estar convencida de lo que estaba escuchando. Apreté tu cuerpo contra el mío y te pedí un solo favor: Nunca me mientas.
-Bueno, me tengo que ir.
Apoyaste tu mano en mi hombro y los recuerdos se esfumaron como nubes, nuevamente regresé a donde estaba ¿Dónde estaba? Cierto, la despedida, casi lo olvido.
Me abrazaste una vez más, creías aliviarme y sólo causabas más y más dolor.
Caminamos y me situé en el mismo lugar de siempre. Intenté saludarte con un beso en el cachete, como la primera vez que salimos y me llevaste a aquel bar: "Había una vez" (Pero terminó). Volviste a sorprenderme con tus manos en mi cintura y tu boca a un centímetro de la mía. No entendiste nada. Te respiré por última vez y rechacé lo que tanto deseaba, era lo correcto después de todo. Sin pensarlo dos veces recomendé: "Aclará tu mente". Asentiste con la cabeza, riendo, tus manos volvieron a enredarse entre los mechones de mi pelo, y ya no me divertía.
Giré y crucé la avenida sosteniendo mi cartera, y cargando una mochila invisible de recuerdos difíciles de olvidar. Recuerdos que se reproducen sin darme tiempo a pausar.
Te observé desde lejos y exhalé un suspiro contenido en toda tu presencia.
Y mientras la gente observaba lo que simulaba ser un "Hasta mañana, mi amor", yo, te dejaba ir, y con vos, una parte mía.
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