sábado, 23 de noviembre de 2013

Creciste chiquita, ahora aprendé a volar.

Algún día fuí pequeña, algún día cumplí tres años y soplé velitas de colores mientras mis ojos destellaban una felicidad indescriptible. Fuí al jardín y me divertía ensuciando mi delantal con acuarelas y creando figuras en plastilina. Otro día cumplí nueve, y mi problema mayor era recordar el sistema circulatorio a la perfección. A los trece entendí que jamás iban a gustarme las matemáticas, la regla de tres simple me parecía de lo más compleja. A los catorce tuve un cambio radical, decidí que ya no iba a ser una nena, iba a convertirme en una mujer, quería ser libre, pero claro, sin soltar la mano de mamá. Ya no quería las mismas cosas. Lo superficial me parecía de lo más absurdo, y mi concepto de belleza se encontraba en la profundidad de la simplicidad. Recuerdo que tuve una profesora de secundario con la cual tenía completa antipatía, más tarde descubrí que fue la que más me enseñó. Y si hoy escribo, en parte es por ella, hizo que descubra mi refugio en las palabras. Hoy, con veinte años, digamos que tengo un cuarto de mi vida transcurrido, en términos relativos. Hoy no creo en la perfección, pero si en detalles únicos que se le asemejan. Considero una sonrisa como el mejor regalo que puede recibir una persona, o al menos yo, que lejos de ser superficial, me conformo con lo intangible. Hoy no sé bien quién soy, ni lo que valgo, pero proyecto mejorar con el transcurso del tiempo, paso a paso, día a día. Vivo días difíciles, me desmorono y un abrazo me devuelve la estabilidad. Pero jamás voy a dejarme vencer por mis miedos, porque ¿Quién sabe? quizás un próximo otoño, me encuentre sonriendo.

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