viernes, 15 de julio de 2011


“Era un invierno como cualquier otro, un día frío y lluvioso como tantos, cuando caminando por las calles me crucé con un mirada muy dulce y triste a la vez.. Era una mirada especial, que no me dejó  hacerme la distraída y seguir de largo. Sin pensarlo dos veces, me detuve y caminé hacia el… con un poco de miedo debo reconocer, ya que uno nunca sabe lo que le espera. Con mi mano temblorosa acaricié su melena, desprolija, sucia, (quien sabe cuántos días llevaba de abandono)  y él permaneció inmóvil por varios minutos, sin dar señal de satisfacción ni descontento. Cuando miré el reloj y vi que ya debía irme, le di la última caricia, y al intentar ponerme de pie, me extendió su pata y me dio el más gratificante de los besos, agradeciéndome esos mimos que tanto le hacían falta después de tanto sufrimiento.”

Y si, nada de cuentos, nada de fábulas, ésta es una historia que viví yo, hace pocos minutos. Muchas veces nos cruzamos con perros que están abandonados, y pensamos; “pobre, debe tener hambre y sed” pero ¿nunca se pusieron en su lugar? Para vivir no hace falta solamente alimentarse, no se puede vivir con esa sensación de que nadie te quiere, sufrir un abandono y que la gente pase de largo, mirándote con ojos de lástima sin mover un dedo. Yo puedo decir que me quedaría HORAS acariciando a un perro de la calle porque la satisfacción que se siente es plena. Les devolvés un poquito la alegría que algún hijo de puta les sacó. Espero de todo corazón, que cada día más gente se concientice y haya menos basuras que tiran a sus mascotas a la calle, y que los sin voz puedan ser felices como se lo merecen. 

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